Después de una lluvia estival demasiado copiosa para aquella época del año, por fin logré conciliar el sueño. Sólo pude descansar varios minutos en aquella cama anodina de hostal de segunda, pero era lo único que me merecía. Sabía que el insomnio sería la penitencia que debería pagar por los actos cometidos. Lo injusto era que otros pagasen por mis errores, o por mis maldiciones, mejor dicho.

Al despertar, lo hice en realidad de una pesadilla. En ella, me volvía a encontrar con los monstruos que me habían acompañado desde joven. Sin querer, tiré la lamparilla de la mesita de noche y al estrellarse contra el suelo hizo un ruido exagerado de cristales rotos.

Fui al cuarto de aseo de nuevo y volví a comprobar que no tenía nada raro en la cara. Encendí la luz, la cual empequeñeció mis pupilas hasta convertirlas en dos puntos negros, y comencé a estirarme la piel en busca de alguna señal, de alguna cicatriz. Mi pómulo se encontraba en perfecto estado y el interior de mi boca también lo estaba. Me eché agua fría por la cara y me senté otra vez en la taza del váter con una toalla húmeda alrededor del cuello. 

La puerta del hostal se cerró con un ruido sordo y distante. Dentro me había quedado yo tumbado sobre la deshecha cama con sábanas de todo el mundo y de nadie al mismo tiempo pensando en Laura, en su desgracia, en mi culpabilidad, en la maldición que me acompañaba desde hacía años.

Fuera la calle estaba aún mojada aunque en los charcos se podían apreciar varios tímidos reflejos del sol. Me encontraba a dos calles de distancia de la Gran Vía, pero la plaza por la que deambulaba parecía solamente una sombra del glamour que destilaba la conocida avenida madrileña. No se podía pedir más a la ubicación del hostal situado entre pisos viejos. Me encontré con gente que iba a trabajar temprano y con algunos zombis que todavía no habían vuelto del lugar adonde se suponía que habían ido aquella misma noche interminable. Ni unos ni otros eran conscientes de lo que estaba pasando, del túnel en el que nos habíamos adentrado.

Bajé a la calle y dirigí mis pasos a una cabina. Allí llamé al número de móvil que ya sabía de memoria. Esperaba contárselo todo a Ricardo. Era quizás uno de los pocos vínculos que me quedaban con este mundo.

—Me alegro de hablar contigo otra vez —dijo una voz de sobra conocida al otro lado del auricular.

—¡Coño! ¿Cómo sabías que era yo?

—A ver… Eres el único que me llama desde una cabina de teléfonos. Tu número siempre es extraño.

—Tienes que contarme muchas cosas. ¿Cómo se han portado las mujeres de La Habana?

—Me encantaría hacerlo ahora mismo, pero no creo que pueda —me contestó con tono fingido de seriedad.

—¿Cómo que no? No puedes dejarme así… ¿Qué pasa? Estás con alguna.

—No, por desgracia. —Ricardo hizo una pausa larga—. Vente para Atocha y te lo cuento.

—¿Qué? ¿Cómo has llegado tan pronto? Tengo mucho que contarte. —La sorpresa hizo que me olvidara de todo.

—No por teléfono. No sé si estar orgulloso de lo que has hecho o dejado de hacer, chico. Yo también tengo que contarte algunas cosas que me han pasado. El mundo se ha vuelto loco.

Ni que lo digas, contesté mentalmente a las palabras de mi amigo.

Al cabo de cinco minutos ya estaba sentado en el asiento de atrás de un taxi horriblemente perfumado. Por suerte, la conversación era más agradable que el olor allí dentro. La liga recién terminada o el tiempo dejaron paso a temas tan serios y apropiados como la pena de muerte o las ejecuciones en masa de China, lugar donde, precisamente, se iba a realizar una en breve. 

—Yo creo que estas cosas no arreglan nada —dijo mientras me miraba a través del ancho espejo retrovisor—. La pena de muerte no trae a ninguno de los tuyos de vuelta.

Mi silencio fue interpretado con toda seguridad como antipatía.

Una vez que llegamos a Atocha, me sumergí entre el bosque de gente y maletas tratando de atisbar la cabeza rapada y morena de Ricardo, que, sin duda, haría contraste notable entre tanta hoja verde. Al fin lo vi sentado en un banco de la estación de trenes. Habría sido tarea ardua no haberlo hecho, teniendo en cuenta su atuendo: traje blanco impecable y sombrero a juego. Éste cubría la inmensa bola de billar, la cual, desde muchos años atrás, mantenía una idílica historia de amor con la navaja de afeitar de su abuelo. Ahí sentado, con el cigarro apagado en los labios, como si la ausencia del humo no lo delatara, parecía todo un terrateniente cubano o colombiano que trajera hojas de tabaco importadas o café en grano, a la espera del español de la metrópoli. Cuando me vio me dio un gran abrazo e hizo ademán de tirarme el humo inexistente a la cara.

—¡Qué bueno verte de nuevo, chico!

Fuimos andando hasta un café cercano y por unos momentos la alegría de aquellos instantes simples y tan cotidianos hizo que me guardara mis malas experiencias en un cajón del escritorio. Por desgracia, fue algo pasajero.

Después de las miradas cómplices (mías y de Ricardo) tras ver el bien contorneado culo de la camarera alejándose con nuestros deseos, me contó todo lo que había hecho a lo largo del mes pasado allá por la antigua colonia, es decir, La Habana. Lo primero fue aclarar, ante mis dudas, la última noche de sexo que había tenido en la capital cubana. Efectivamente, todo marchó como debía y me contó que nunca una mujer había satisfecho de aquella manera sus deseos. «Dios nos ha puesto ángeles de guía, chico, para no perdernos», decía mientras, ahora sí, le daba una calada profunda al cigarrillo, tratando de apurar los dulces recuerdos de la habanera. Me relató también cómo había ido el negocio; palabras ante las que esbozó una amplia sonrisa dándome a entender que viviríamos bastante bien hasta el próximo boleto, que es como llamaba él a nuestros asuntos.

Pese a lo cordial de la conversación, había algo en sus palabras y en las mías que reflejaba cierta reticencia a mostrar todas las cartas. Por mi parte, está claro, yo sabía que lo que le quería contar era materia imposible, no tanto por el miedo a que no me creyera, sino por las temibles consecuencias de todo ello. Por la suya, le conocía lo suficiente para saber qué palabras evitaba, guardándolas en la recámara del olvido.

Al final fui yo. Le conté que me había pasado algo muy grave e increíble hacía un par de días. Me habían disparado en plena cara y había sobrevivido. Esperé la reacción de Ricardo pero siguió escuchando con atención, sin interrumpirme para bromear. Aquello casi me resultó más increíble que el hecho de que no estuviera herido, que no hubiera ninguna marca del balazo. Proseguí y le conté con más detalle que uno de los búlgaros se tomó la justicia por su mano.

—Llamaron a la puerta y sólo me dio tiempo a ver el cañón de la pistola justo en mi boca. —Ricardo asentía preocupado—. Lo que vino después fue un fogonazo que me quemó la cara y a partir de ahí es como si viera con mis oídos y escuchara con mis ojos. No era dolor en realidad. No sé cómo explicártelo.

—Joder, lo siento, chico.

—Luego, a los pocos segundos, aquella sensación horrible desapareció sin más, me levanté y vi mi propia sangre desparramada por el suelo... Un par de huéspedes del hostal salieron a ver qué me había ocurrido, porque oyeron el disparo, pero no supe qué decirles. Estaba completamente aturdido.

—Así que los búlgaros siguen pensando que nos quedamos con parte del dinero.

—No todos, creo —repuse—. Intuyo que fue cosa de Nasko. Alguien le dijo dónde podía encontrarme.

—Nunca estuvo bien de la cabeza. —Ricardo esbozó un gesto reprobador—. Tenemos que irnos, Esteban. Algo se está yendo a la mierda y el destino nos está avisando.

—Yo no creo en esas cosas, pero desde entonces no he podido dormir bien... Bueno, ya sabes que no es ninguna novedad, pero, ¿qué coño está pasando? ¿Me estoy volviendo loco?

—Si eso es así, chico, entonces yo también soy un loco que te va a contar su historia.

Esperó a que la camarera se volviera a alejar de nuestra mesa y comenzó a contármela. Comenzaba justo en el punto donde había acabado nuestra conversación telefónica dos días antes.

—El asunto parecía ir muy bien. Ya tenía el trato cerrado con las chicas en el hotel de La Habana del que te hablé. Se vendrían con nosotros y dejarían su país ya que estaban hartas de estar allí. Dos de ellas eran hermanas: Isabel y Vina. La tercera era una mulata increíble que pasó conmigo la noche. Se llamaba Andrea.  —Cerró los ojos al evocarla con su nombre—. Las cosas se complicaron en el último momento cuando el novio de Isabel, que era boliviana, se pasó por el hotel para hablar conmigo. Me engañó para entrar en mi habitación, tras lo cual me amenazó, me sacó un cuchillo enorme y me lo plantó en mitad del cuello al tiempo que me insultaba y me escupía con su frente pegada a la mía. Chico, creía que me iba a degollar en aquel mismo instante, así que saqué de mi bolsillo el 38 que tengo y le pegué un tiro. Cayó redondo al suelo. Yo me quedé paralizado, a punto de que me diera un ataque de pánico. De pronto, a los pocos segundos se levantó y le disparé otra vez. Le di en la cabeza y la sangre salpicó parte de la cama: lo vi con claridad. No fue suficiente, pues el proceso se repitió y volvió a levantarse, con la mirada perdida y tocando su propia sangre desparramada por las sábanas revueltas. Entonces salí corriendo de allí. ¡Le di en la cabeza, por Dios! Era como ver a un espectro, o algo peor, como ver a un muerto levantarse de su lecho de muerte.

En aquellos instantes los dos parecíamos seres demoníacos contando nuestras andanzas por el mundo de los vivos. Tan increíble era su historia como la mía. No era posible que esas cosas estuvieran sucediendo en el mundo en que vivíamos. Todo se escapaba de las reglas físicas que habíamos aprendido hacía tiempo. Para Ricardo quizás tuviera además un fuerte componente místico, dada su creencia en Dios. Pero lo terrible era que precisamente lo que probaba la existencia de algo más allá, al mismo tiempo demostraba la orfandad del padre recién descubierto, ya que se nos abandonaba a los humanos al más trágico de los destinos.

Nos terminamos el café frío mucho más tarde, después de dialogar en silencio con miradas de soslayo. Al cabo de un tiempo le dije a Ricardo:

—Debo volver a Recoletos, al piso franco. —Asentí con pesadumbre.

—No vayas, es lo mejor. Es posible que el tipo al que disparé tenga contacto con las maras bolivianas. Dejé a las chicas tiradas en La Habana, así que es posible que hayan hablado más de la cuenta. No me fío. Tenemos que irnos a un sitio donde no nos conozca nadie. Vente conmigo: es lo mejor.

—Tengo que recoger el pasaporte.

—Ya pensaremos algo. Mira, lo que debes hacer es venirte conmigo al hotel. Tienes que verlo: al lado de la Cibeles. Un lujazo. Dentro de un par de días nos vamos de Madrid adonde sea, da igual. Así te alejas de tus fantasmas también.

—Todavía me parecen muy recientes. Yo mismo me veo como uno.

—Siempre has sido un fantasma. —Mientras me dedicaba una sonrisa con sabor de nicotina, los dos reímos con amargura, como quien recuerda las penas con un punto de ironía trágica.

Me despedí de Ricardo hasta la mañana del día siguiente, en la que deberíamos ir hasta Barajas para comprar un billete a Ámsterdam. Me dijo que se encontraba hecho polvo y que necesitaba descansar durante varias horas en el lujoso hotel. Se colocó su sombrero a pesar del calor sofocante de la calle y nos despedimos con un abrazo.

—Nos vemos mañana. —Y se alejó calle abajo presumiendo de traje blanco.

Unas horas más tarde, cuando hojeaba el periódico comprado por la mañana en mi habitación del Hostal Internacional, observé algo que había pasado por alto antes. Emilio Keller, uno de mis profesores más queridos en mi turbia etapa como estudiante pijo, firmaba en el Corte Inglés de la Calle Preciados el último de sus libros publicados. Nunca fui un gran admirador de mis profesores (la mayoría eran recatados en exceso), pero en el caso del filósofo era diferente. No parecía sucumbir a las presiones sutiles de Casto, el director, por enfocar las clases de un modo moralmente aceptable. En los momentos en que leía el pequeño anuncio en el periódico me percaté de que Emilio llevaba ya publicados varios libros, algunos acerca de Dios; otros, sobre literatura medieval. Quizás mi nuevo punto de vista acerca del mundo y la humanidad despertaran cierta curiosidad a mi antiguo profesor, pensé.

Ya en las clases se le veía a Emilio un punto de erudición, acompañado de un aire aristotélico, pues la mayoría de veces no podía evitar permanecer en el mismo sitio y deambulaba por la clase recorriéndola todo lo que le dejaban los pupitres. Nuestros cuellos dieron buena cuenta de lo largo de sus parlamentos. Aun así, muchas veces, y cuando menos lo esperabas, interrumpía su discurso para preguntar a los alumnos. Con ello, a diferencia de lo que ocurría con otros profesores como don Fermín, nunca quiso dejar en ridículo a ninguno de ellos, antes al contrario. De vez en cuando sorprendía la cercanía de sus inquisitivas palabras, que no buscaban otra cosa sino comprobar si el alumno podía aplicar en su vida cotidiana las preguntas que los grandes filósofos se habían hecho en cada momento de la Historia.

Todavía faltaban algunas horas hasta que el sol dijera su último adiós aquel día, así que pensé que aún me daría tiempo a pasarme por el Corte Inglés para, al menos, ver cómo y hasta qué punto las mieles del éxito podían cambiar a las personas. Lo más probable era que Emilio no lo hubiese hecho con el paso del tiempo. Dudaba de que todo aquello se le hubiera subido a la cabeza: el dinero, la fama… De modo que una vez que logré por fin ducharme y arreglar la pinta de pordiosero que llevaba desde hacía tiempo, me dispuse a reencontrarme con una pequeña parte de mi pasado que desde hacía tiempo tenía guardada en el desván. Nunca hasta ese momento tuve la necesidad de sacar tales trapos, pero mi agobiante presente me acuciaba con fuertes punzadas de cruda realidad, así que volver a ciertas partes agradables de mi pasado me servía paradójicamente como válvula de escape.

Cuando llegué había menos gente de lo que me imaginaba. Lógico, teniendo en cuenta que no era un famosillo de los que vendían casquería delante de las cámaras ni alguien respaldado por una fuerte editorial. Aun así, el público que se encontraba entre los centenares de libros apilados, como si de columnas del saber se trataran, era fiel lector. Yo parecía contrastar con el perfil de ellos. Eran todos de sesenta años para arriba, casi la misma edad de Emilio, a quien vi tras un mostrador adornado con el dibujo de un ángel armado con un martillo muy parecido al que yo había visto en los cómics de Thor, el dios del trueno. Impresas en el cartel, las letras con el título del libro: Dios castigador. Nunca habló de tal manera acerca de Dios en clase, lo cual hizo que aumentara mi deseo por echarle un vistazo a la obra del filósofo. Él había sucumbido a los rigores de una vejez muy bien llevada. Tenía el pelo canoso y una barba tupida, tal y como yo lo recordaba. El rostro mantenía unos perfiles duros tras los que se escondían unos ojos pequeños, situados por detrás de todo su gesto como dos canicas. La frente, algo más despoblada, creaba unas líneas perfectamente paralelas con cada una de las palabras amables que dirigía a sus lectores. Hablaba con ellos más de la cuenta, recreándose en el momento y sin prisas.

Para tratar que él me recordara, se me ocurrió un plan. Compré en unas estanterías de detrás Las moradas, de Santa Teresa de Jesús, obra que yo sabía que no era plato exquisito para Emilio, y le añadí en la primera página mi nombre, Esteban Oporto, junto con unas letras en mayúscula que decían: «3º BUP D», el grupo en que estuve cuando él me dio clase. Me coloqué en la breve cola y esperé mi turno. Por detrás de las dos mujeres y el hombre que había delante de mí miraba yo, con recelo y ciertas dudas acerca de mi temeridad, a mi antiguo profesor, que firmaba por enésima vez una copia de Dios castigador.

Cuando por fin llegó mi turno, me encontraba nervioso ante escena tan cotidiana. Parecía increíble, después de todo lo que me había pasado en los últimos días; pero al menos sí es cierto que durante algunos minutos logré desconectar de todo aquel marasmo de opresión fatal que me rodeaba. Tal vez, mi mente, sin esos pequeños momentos de relax, no hubiera soportado lo que sucedería después.

Emilio clavó sus pequeñas pupilas negras en mi alegre rostro, quizás con la curiosidad de quien trata de encontrar un punto de azar en la línea continua de la rutina.

—No lo había visto a usted desde los tiempos de Casto I el Magnífico, pío defensor de las ideas católicas y azote temible de los herejes y enemigos de los cristianos viejos. —Su acento me era característico e inconfundible y su jovialidad, intacta, tal y como yo la recordaba, pues me dio un buen apretón de manos.

—No es lo único que le gustaba azotar —contesté con rapidez. La mujer que me precedía en la cola y que todavía se encontraba a unos metros me miró escandalizada.

—Tiene usted razón. A mí al final me pateó el culo para que saliera huyendo del aquel claustro de fanáticos.

—Por lo que veo no le ha ido mal del todo.

—Pues aquello fue el acicate que hizo refugiarme en la escritura —contestó Emilio—. Tengo que reconocer que no me ha ido mal desde entonces. ¿Y a usted, cómo le ha tratado la vida? Hay que ver cómo pasa el tiempo.

—He vivido días mejores. Pero mañana mismo me voy de viaje a Ámsterdam. Ya sabe: cambio de aires.

—Pues tenga cuidado con los de allí. Por lo que sé, no es sólo aire lo que se respira. —Los dos sonreímos.

—Llevo mucho tiempo viviendo en Madrid. Esta ciudad me mata a su manera.

—Yo no pude aguantar el ritmo frenético de esta capital. Ya no tengo los años ni las motivaciones suficientes para hacerlo. Mire usted, dando clases me sentía muy motivado. Estaba muy ocupado, porque disfrutaba con la clase misma, pero también con la preparación. Aunque claro, no era necesaria tanta para el nivel que impartía; pero me lo tomé casi como si fuera una segunda vez en la universidad.

—Se notaba en las clases, Emilio.

—Cuando don Casto decidió echarme, sin quererlo, me dio motivos para escribir el primer libro. Bueno, en realidad, para acabarlo. Lo había empezado unos meses antes.

La charla se prolongaba y se hizo más larga que la cola que formaban los pocos lectores ansiosos por la firma de un ejemplar. El hombre de detrás ya comenzaba a mirarme con ojos de impaciencia, así que el propio Emilio decidió posponer nuestra charla para poco después.

—Quédese por aquí. Cuando termine con los pocos incautos que aún restan podremos charlar algo más hasta que cierre el centro comercial.

Efectivamente esperé perdido entre las columnas de papel que sustentaban ese pequeño universo reducido que era la sección de libros. Pese a perder parte del encanto de una vieja librería, el hecho de que hubiera tantos allí apilados dotaba a la sala de un aire místico que aumentó conforme la gente se iba despidiendo de las cajas para volver a sus casas. Algunas luces comenzaron a apagarse y, poco a poco, la soledad iba oscureciendo cada una de las sombras que se formaban con la escasa luz que todavía quedaba. Al cabo de unos minutos, un guardia de seguridad me indicó que debía abandonar el centro comercial. Enseguida, la voz de Emilio resonó por detrás de nosotros y le dijo:

—Este joven se queda conmigo.

—Tendrán ustedes que salir más tarde por la puerta de vigilancia. Aquí vamos a cerrar —contestó severo el guardia.

Emilio asintió e hizo un gesto aprobatorio con la mano. Estuvimos hablando más de una hora acerca de sus experiencias como profesor en el colegio donde estudié; de por qué llegó a encararse al director (ni él ni yo sabíamos a ciencia cierta si seguiría allí ejerciendo como tal); de la falsedad que reside en la sociedad como motor básico de relación social; de la situación de China, con tantas noticias recientes; de las diferencias entre la oscura Edad Media y la época actual, tan llena de falsas luces… Noté cómo él disfrutaba, tanto como yo, de la conversación amena y a la vez inesperada de alguien que no lo adulaba por sus libros, sino por el poder de la palabra oral, algo que un profesor como Emilio valoraba sobre todas las cosas. Al final me preguntó si estaba casado.

—No he podido enamorarme de una sola —mentí, y me acordé de lo recién hablado acerca de la mentira social.

—¿Así que no se puede decir que usted se encuentre solo, verdad?

—He tenido muchas amigas. Aunque muy pocos amigos, de hecho.

—Cuídelos, muchacho. No hay muchos. Algunos de los que he tenido a lo largo de mi vida me han acabado dando la espalda o mintiendo. Pero esto sólo me ha ocurrido con los nuevos, nunca con los viejos.